La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Joan Margarit, "No tires las cartas de amor" "Weeping 47" de Mark RydenNo te abandonarán. El tiempo pasará, se borrará el deseo -esa flecha de sombra- y los sensuales rostros, bellos e inteligentes, se ocultarán en ti, al fondo de un espejo. Transcurrirán los años. Te cansarás de libros. Descenderás aún más y perderás, también, la poesía. El ruido de la ciudad en los cristales acabará por ser tu única música, y las cartas de amor que hayas guardado serán tu última literatura. * * * Al descubrir este poema de Margarit, he recordado un texto que escribí hace ya tiempo y que rescato, aquí: ¿Es posible sentir el amor como el primer día, tan fresco y fragante como si estuviera vivo? La respuesta es: sí, se puede. Depende del tipo del que se trate, pero sí. Con los amores corrientes, habituales y acostumbrados, es más difícil. Los amantes desaparecen llevándose consigo mismos la mayor parte de aquello que permitiría revivir el sentimiento, y las posibilidades que tienen cualquiera de ellos de reproducir alguna escena, la que sea, o una sensación aislada de cuantas compusieron dicha historia, se reducen a ninguna. Faltan personajes. Casi todo el material restante es intangible y se compone de recuerdos en su mayoría, algún objeto, baratijas. Con tan escasos medios lo único que se consigue es acrecentar el dolor y la honda ausencia, actitud en la que es recomendable no incidir. Mas cuando, oh fortuna de escogidos, ha sido un amor extraordinario el que nos ha bendecido con sus dones, las dificultades desaparecen porque se trata de una variante que no ha sido barajada en condiciones normales ni bendecida con semblanzas conocidas. El amor prodigioso no sigue pautas establecidas, ni conoce reglas, ni caminos ya marcados. El amor sorprendente asume muchas formas, y una de ellas, señores, es el amor a distancia. El amor a distancia se mantiene gracias a la mensajería —ya en forma de cartas, ya en tiempo real (gracias a las redes informáticas, de tan común uso en la actualidad)—, las vías fónicas, y las noticias por terceros. También gracias a las ganas, el arrebato y el empeño, pero resulta obvio señalarlo siendo las señaladas, tónicas comunes para cualquier tipo de relación. Como es natural, digo, los terceros y las vías fónicas acaban desapareciendo en algún punto de la historia, con lo que restan tan sólo las letras intercambiadas, que pudiendo parecer insuficientes, en circunstancias como estas son el todo. Téngase en cuenta a la hora de su valoración que transportaban los sentimientos en los que se basaba la relación amorosa, que salían esforzadas de las manos de los amantes, que nacían para atravesar largas distancias sólo para morir en los ojos del que esperaba ansioso al cabo de la travesía. Nacían, sí, para morir con la seguridad de portar el aliento preciso, la caricia más dulce, el beso más lento. El más ladrón. Recorrían no importaba el trayecto llevando el peso de las pasiones, la llama que las prende, el deseo que las apunta, la hermosa luz de los sentidos. El amor, en suma. Así se explica que no importando el tiempo que transcurra para dichas letras, guarden el aroma de su primera ojeada; seguramente porque nada ha cambiado para ellas, porque las palabras no saben que su emisor, o quizá su receptor (o ambos) ya no siente nada. Qué saben las palabras de términos, de plazos, de finales. Qué han de saber, si lo único que les importa es llegar a buen puerto y culminar su divina labor. Qué saben de semanas, meses, años. Qué sabe el amor de fecha de caducidad si el amor no se puede atar, ni constreñir, ni violentar, ni cortar, y es libre, tan libre el día que nace como años después y para siempre, aleatoriamente posado sobre la memoria y dolorosamente recordado. Caprichosamente abandonado y traicionado. Marcado y archivado por ser humano. Enlatado, como digo, para no morir nunca. Quien tiene un amor enlatado de los del tipo “amor en la distancia” guarda un tesoro de excepcional valor. Rescatarlo de tanto en tanto es una liturgia que sólo unos pocos llegan a celebrar. Vestidas como su primer día, las cartas o las líneas enlatadas permiten revivir con total lujo de detalle momentos ya caducos, pero que contando con todo su peso específico —con todos los protagonistas, con todas las luces en sus renglones, con la misma ternura en cada punto y aparte y toda la gloria en su conjunto—, hacen alcanzar una ilusoria, aunque casi palpable, sensación amorosa que termina cuando uno así lo desea. Ya que, señores, el amor así guardado es posible revivirlo, afirmo, tan fresco y fragante como el primer día. Una carta de enamorados es siempre tan admirable como cuando fue escrita. Es siempre tan reconfortante como cuando fue leída. ¿Qué tipo de persona dejaría que ese tesoro se perdiera en el río de la indiferencia, en la mansedumbre del tiempo perdido, en la herida bibliografía del orgullo, siquiera en la profundidad de negro veneno? Jamás, responde quien de veras ha amado. Jamás, confirmo. Yo misma, que tanto amor he girado por mensajería, me niego a desprenderme de un puñado de líneas que aún hoy, me inundan íntimamente. Leyéndolas, a pesar de la distancia que las motivó, y que perdura; a pesar del tiempo que ha pasado, que ya hoy es de años; a pesar de cientos de miles de motivos por los que podría justificar su olvido y por ello, incluso a pesar de mí misma, amo. En esas líneas de inmenso valor estamos él y yo, los dos, como hace tiempo. En ellas, hablándonos en tiempo real, de nuevo pareja, tal como éramos. En ellas hay un hombre y una mujer que se quieren y que lo hacen sin saber que el punto y final no es más que un recuerdo, pero una pareja de enamorados que seguirán amándose ajenos a la realidad, enredándose en perpetuo ovillo, esperando atraer a sus protagonistas solo para treparles hasta el corazón, envolverles cuello y rostro con su aromático fulgor, y arrancar de sus ojos el brillo por el que fueron unidos, el amor. Amor de ida y vuelta, amor de eterna presencia, amor libre que vive enlatado, amor pasado que duerme en mi cajón, amor viejo, amor atrasado pendiente de cobro, amor, amor y mil veces amor. Amor perro. Amor que no te irás. Amor que tanto te quise. Amor, mío. Miércoles, 22 de Junio de 2005 17:19. Comentarios » Ir a formularioAutor: Gin ¿Qué se hace? pues lo que hace usted: tatuarlas en el corazón y guardarlas. Fecha: 22/06/2005 20:48. Autor: La donna è mobile Gin(querida), uno sabe muy bien cuando habla en serio y cuando lo hace al buen tun-tún. A quien le está hablando, cuándo está poniendo el corazón en lo que dice, cuándo NECESITA que lo que está imprimiendo en esas letras se entienda y llegue con claridad, que empape, que tenga peso porque jolín, ya que no hay de otra, al menos que vaya yo detrás. Cuando no es así, cuando no pesan nada, poco importa hasta comérselas, :-) Me alegro mucho de verla, hoy ya es la segunda persona de cuantas echo de menos que encuentro en el camino. Arrieros y eso. Fecha: 22/06/2005 21:12. Autor: Ernesto Hay días que el corazón en carne viva parece un erizo destripado en el asfalto, laminado por un tráiler cargado de distancias a granel. No te hagas daño, mi Rosa. No leas cartas amarillas con discos de Chopin. Ponte guapa (más, si ello es posible) y sal a tomar algo en donde suene la canción más petarda del verano. Regodearse en lo triste proporciona un extraño placer (lo sé, lo hago) pero, cuidado, siempre se cuela alguna carcoma melancólica que, sin querer, te deja el alma hecha un acerico. Te lo dije y te lo repito. Cuídateme. Fecha: 22/06/2005 21:23. Autor: Portorosa Precioso, Donna, muy bonito. Sí que es enorme el poder evocador de las cartas de amor guardadas; y, en algunos casos, sí que hacen muchísimo daño, precisamente porque para ellas el tiempo no ha pasado y nos hacen retroceder cruel y rápidamente. Me ha gustado mucho, Rosa. Un beso. Fecha: 23/06/2005 00:19. Autor: La donna è mobile No me refería a ese tipo de regodeo, macabrín, donde uno está constantemente mirando estas cartas y diciéndose "maldita sea, pues fíjate que bonito era y...ajjj". No, por favor, no, ni en invierno ni en verano. Yo lo he hecho, claro, supongo que como todo el mundo, en algún momento de mi vida, cuando se convertía en necesidad, cuando tenía el mono de alguien. Pero todo se pasa, y el momento que quería explicar ahí arriba es otro, es uno donde el dolor deja paso al orgullo "fíjate qué cosas más bien dichas, y cómo se nota lo que nos queríamos, pues qué suerte, oye, que eso no le pasa a todo el mundo". Fecha: 23/06/2005 00:43. Autor: (...) ¡Tampoco todos los días! Algún día de algún mes de algún año, sin acuse de recibo. Yo por ejemplo tengo esas cartas y no las miro apenas, pero sé exactamente en qué cajón están, las tengo controladas por si alguna vez me diera por ahí. Son un tesoro, no me cabe la menor, pero hay mucho que leer y muy bueno hoy, como para anclarme en leer lo de ayer. Digo. Fecha: 23/06/2005 00:47. Autor: La donna è mobile Yo no creo que hagan daño, Porto-rosa, fíjate. Pero bueno, de cualquier manera, haciéndolo o no, cuando se abren hay que saber lo que se va a encontrar uno, ¿no? y hacerle frente. Y si no, no se abren y punto. Lo que pasa es que para avanzar se tiene uno que llevar palante lo bueno y lo malo, enterito, que de todo eso es de lo que estamos hechos. Fecha: 23/06/2005 00:54. Autor: Gin Yo las releo y las disfruto sin melancolía. Al fin y al cabo siguen siendo cosas que he vivido. (Donna, yo estoy normalmente, leo siempre pero ya sabe que escribo poquísimo) Fecha: 23/06/2005 15:38.
Son peligrosas... atan. Y atan a algo que fue y que ya no es, por más que queramos... y de ahí su fascinación y su (inmenso) peligro. Hay solo dos cosas tan hondamente conmovedoras y con poder de anclar un alma a un instante: una partitura, una carta. Las dos interpretables. Las dos eternas en su fugacidad. Un beso de alguien que nunca guarda una palabra escrita de amor. Saf ;-)) Fecha: 24/06/2005 12:32. Autor: Duque de Ínsua Mis cartas son del tipo de amor del que pudo haber sido y no fue, que es el peor. Son la pistola humeante de la frustración. Fecha: 19/10/2005 12:47. Autor: La donna è mobile A eso se le llaman amores perros. Y sí, son malísimos de curar lo mismo que un balazo. Fecha: 20/10/2005 15:53.
¿Qué haces cuando esas cartas están en casa de quien las escribió? Fecha: 19/11/2006 06:14. |
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